Vomitando realidad en una tarde de poca luz. Soy una pésima escritora, pero para decir la verdad no es necesario ser literato.

martes, 21 de mayo de 2013

Látigos de tus huesos


Y en mi mente, como un dibujo deformado lo veo, transparente como el cristal y duro como el acero, se descojona la esperanza, no pagarán la culpa. En el centro de la sala del banquete una mesa, opulenta, extraña, pero un flash de repente en mis ojos, ¿que pasa?, ¿le sangran las patas?. Alzo la vista y comprendo, no es el objeto inanimado, es la sangre de los cadáveres sobre la mesa apilados, de niños, de pobres, de inocentes y valientes. Esa imagen me golpea la mente, sebosos con túnicas de oro arrancando con sus dientes afilados hasta la carne del hueso. Planean, mientras ríen, un negocio nuevo, hacer con esos huesos empuñaduras para reparar los látigos viejos, que con tanto latigazo al esclavo se estropean, desde luego. 
La náusea me invade, solo quiero suprimir de mi mente esa imagen, te has vuelto loco, me dice la voz de mi cordura, has tornado en locura la angustia que el mundo suda. 
Pero, de repente, un segundo de lucidez, miles de fotos, cientos de recortes de periódicos, noticias, bombas, sangre, frialdad, mentiras, dinero, petróleo, me inunda, me ahoga, ahora lo entiendo, he estado ciego, estaba ante mis ojos, yo veía la pesadilla, algunos me lo decían, pero jamás quise escucharles, que sabrán ellos de la vida, decía, ahora entiendo lo que sentían, por eso gritaban, luchaban, rompían, la impotencia de ver la realidad tan cruda como es, tanto que me ha hecho enloquecer, y sin armas con las que defender a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos y su libre atardecer. 

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